GLORIA A DIOS IV: LA GLORIA EN EL PENSAR LA FE’

El pasado martes 17 de noviembre presente el libro “GLORIA A DIOS IV: LA GLORIA EN EL PENSAR LA FE’ del sacerdote jesuita Padre Juan Ochagavía.

 

Les comparto mi presentación

 

 

En primer lugar quiero agradecer la gentileza del P. Juan Ochagavía, de haberme invitado a comentar su libro que reúne una colección de artículos y ensayos sobre teología y actualidad publicados a lo largo de muchos años.

 

Quiero señalar, que como católica que participa en la vida pública, los textos del P. Ochagavía me han interpelado profundamente, no solo por las temáticas que aborda, las cuales son muy sensibles para los laicos que buscamos animar las estructuras temporales desde el Evangelio, sino porque además me han sorprendido la manera en que los artículos y ensayos guardan una vigencia actual a pesar de que muchos de ellos fueron escritos hace varias décadas.

 

Son textos que tuvieron la virtud de adelantarse a su tiempo, olfateando los vientos que soplaba el Espíritu Santo con el Concilio Vaticano II, en el cual el P. Ochagavía tuvo una participación muy destacada acompañando a nuestro querido Cardenal Raúl Silva Henríquez como teólogo asesor; y que hoy vemos reafirmados con el magisterio del primer Papa latinoamericano.

 

Así que, permítame agradecerle sinceramente Padre Juan no solo por el honor de comentar su libro, sino por la oportunidad de leer textos que nos ayudan a profundizar, animar y armonizar nuestra vida de fe con nuestra participación en el mundo, pero sobre todo, como usted lo señala en el prefacio, este libro es una oportunidad para reconocer y encontrar la presencia de Cristo en la historia.

 

Por una cuestión de tiempo, me quiero detener en forma particular solamente en tres capítulos:

 

  1. El proceso de secularización: luces y sombras.

 

En primer lugar, me permito comentar el artículo del capítulo segundo el cual aborda el proceso de secularización. El artículo fue escrito en el año 1967, tan solo dos años después de que había concluido el Concilio Ecuménico Vaticano II; en el cual se analiza un tema que “había salido con fuerza en el Sínodo Arquidiocesano de Santiago de 1967”: las luces y sombra del secularismo.

 

El auto aborda los orígenes del término, así como la distinción que se da en la historia entre secularismo y secularización; nos advierte de las tentaciones de satanizar al secularismo reconociendo solamente los aspectos negativos del mismo; así como también el error de considerar que es un fenómeno exclusivo de la modernidad, lo cual nos muestra que es falso ya que en el mismo medioevo existía el fenómeno de la secularización; y también nos propone el término de ‘secularidad’ para denominar a la actitud positiva de “tomar en serio, dentro de la fe, al hombre y al mundo en su valor propio”.

 

Este tema –el de la secularidad y sus aspectos positivos- me parece muy relevante en la actualidad para los cristianos que participamos en la vida pública. En el fondo, se trata de la forma en que la Iglesia se aproxima a la modernidad, pues existe el peligro de interpretarla –a la modernidad y sus consecuencias- en clave exclusivamente pesimista, reconociendo solamente los aspectos negativos de la misma y llevando por tanto a cristianos a la automarginación de la sociedad, a la desconfianza como forma de relacionarse con la realidad y por tanto en la concepción de una Iglesia como un lugar donde hay que “atrincherarse” para tratar de “salvar los pocos valores” que quedan.

 

Esta postura que desde luego está equivocada, fue derrotada claramente en el Concilio Vaticano II, en donde la Iglesia abrazo una forma diferente de relacionarse con la modernidad, pasando de la condena reflejada en documentos como el Syllabus de 1864[1] al discernimiento de los aspectos positivos y negativos de la época moderna ejemplificado en la constitución Gaudium et Spes[2], la cual reconoce los gozos, las esperanzas, las tristezas y las angustias de su tiempo:

 

“Jamás el género humano tuvo a su disposición tantas riquezas, tantas posibilidades, tanto poder económico. Y, sin embargo, una gran parte de la humanidad sufre hambre y miseria y son muchedumbre los que no saben leer ni escribir. Nunca ha tenido el hombre un sentido tan agudo de su libertad, y entretanto surgen nuevas formas de esclavitud social y psicológica… Se aumenta la comunicación de las ideas; sin embargo, aun las palabras definidoras de los conceptos más fundamentales revisten sentidos harto diversos en las distintas ideologías”[3].

 

Es decir, no solo se señalan las sombras, sino que también se reconocen las luces de la modernidad. Este tema para el acervo humanista cristiano es muy sensible, es lo que Jacques Maritain llamaba la ambivalencia del mundo y el ideal histórico concreto, porque entendemos que en cada época el trigo y la cizaña crecen al mismo tiempo, y por tanto

 

“el cristiano debe esforzarse todo lo posible por realizar en este mundo, en modo relativo y según el ideal concreto que conviene a las diversas edades de la historia, las verdades del evangelio.”[4]

 

La tentación, es la de renunciar a discernir, renunciar a reconocer lo positivo y lo negativo que tiene la modernidad, en el fondo es olvidarse que el mundo proviene de un Creador bueno y por tanto, renunciar a buscar su presencia en los signos de los tiempos. Porque, conforme a lo que señalaron todos los Obispos en Aparecida, el discernimiento implica “una actitud de permanente conversión pastoral”  para “escuchar con atención” lo que el Señor nos dice en el tiempo.[5]

 

Esta renuncia lleva a los cristianos a convertirse, según palabras del Papa Francisco, en “generales de ejércitos derrotados antes que simples soldados de un escuadrón que sigue luchando”[6]. Es la tentación de “la conciencia de derrota que convierte en pesimistas quejosos y desencantados con cara de vinagre. Nadie puede emprender una lucha si de antemano no confía plenamente en el triunfo. El que comienza sin confiar perdió de antemano la mitad de la batalla y entierra sus talentos”[7]

 

Por eso el Padre Ochagavía nos señala que parte del descrédito actual de la Iglesia se debe a que “no se supo tomar una actitud más positiva frente al mundo” y se renunció a “encontrar a Dios donde está, es decir, en el mundo.” Es la tentación de las herejías maniqueas, que llevan a pensar que la vida fuera del monasterio es terreno de perdición y que por tanto es imposible construir el reino en medio del mundo, en campos como la política, la cultura o el arte.

 

La Iglesia después del Concilio Vaticano II, se ha preocupado por mostrar con claridad el testimonio de santidad de tantos hombres y mujeres ‘seculares’, es decir, que se encuentran insertos en el mundo. Tan solo el pontificado de Juan Pablo II elevo a los altares a 514 laicos, y en los últimos años se han sumado más casos como los de Robert Schuman, Ex Ministro de Relaciones Exteriores de Francia; Giorgio la Pira, alcalde de Florencia; el arquitecto Antonio Gaudi creador de la Sagrada Familia; el médico Jerome Lejeune descubridor del síndrome de Down; entre tantos más, declarados siervos de Dios, quienes se caracterizaron –tomando las mismas palabras del Padre Ochagavía- por una secularidad cristiana, es decir “por tomar en serio la realidad del mundo, valorándola en su contenido y respetando sus leyes”.

 

Y es que un secularismo sano, no solo reconoce los aspectos positivos de un Estado laico, sino que además busca que lo profano y lo temporal tengan plenamente su función y su dignidad de fin y de agente principal… Lo temporal se subordina a lo espiritual, pero no como ocurría en la Edad Media que era una subordinación instrumental, sino como agente principal también pero menos elevado; y el bien común temporal tiene valor por sí mismo y no solo como medio para la vida eterna[8].

 

Por otra parte, me llamo poderosamente la atención que se señalara en el artículo, que un peligro de la secularización actual sea la reducción de la fe a la ética, reduciendo el papel de Cristo al de un modelo; este es el peligro que Benedicto XVI señalo en la conferencia del Episcopado Latinoamericano en Aparecida:

 

“No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva  reduciendo a Cristo al papel de un modelo”[9]

 

Y es que justamente muchas veces en ambientes ‘conservadores’ donde precisamente se han atrincherado frente a las amenazas de la secularización uno puede observar al mismo tiempo el desfiguramiento del mensaje de la Iglesia señalando que el evangelio depende y  brota de algunos principios éticos, es así como se termina convirtiendo la defensa de algunos principios como la batalla permanente y única de la Iglesia.

 

Al negarse a discernir lo positivo que tiene la secularidad, son incapaces de reconocer otras consecuencias igualmente importantes del evangelio como la inclusión social de los pobres, el cuidado de la casa común, la integración de los jóvenes y las mujeres en la vida laboral, por poner solo algunos ejemplos.

 

Porque “El ideal cristiano siempre invitará a superar la sospecha, la desconfianza permanente, el temor a ser invadidos, las actitudes defensivas que nos impone el mundo actual,” de ese modo se llega al realismo de la dimensión social del Evangelio.[10]

 

Por último, me gustaría destacar como uno de los elementos positivos del secularismo que se señala en este capítulo, al reconocimiento de que el mundo es una tarea que se nos confía para respetarla y transformarla.

 

Por tanto, una consecuencia del secularismo es el reconocimiento de que el cristiano no puede permanecer indiferente ante los dramas de su tiempo; y al mismo tiempo que sepa dialogar con el mundo y respetar sus propias leyes.

 

Como lo afirma el Papa Francisco en su reciente carta encíclica ‘Laudato Sí’: “Esta responsabilidad ante una tierra que es de Dios implica que el ser humano, dotado de inteligencia, respete las leyes de la naturaleza y los delicados equilibrios entre los seres de este mundo, porque él lo ordenó y fueron creados, él los fijó por siempre, por los siglos, y les dio una ley que nunca pasará”[11]

 

  1. El poder de Cristo.

 

En segundo lugar, me permito comentar el quinto capítulo titulado ‘El poder de Cristo’, el cual resulta muy provocador de forma especial a quienes trabajamos en la política y por tanto, nos toca interactuar de una forma especial con el poder.

 

Así como el capítulo anterior que comente, tiene la virtud de olfatear los vientos de cambio del Concilio Vaticano II; este artículo también tiene el acierto de abordar el tema del poder en la Iglesia con los énfasis y acentos que hoy los presenta el Papa Francisco. Uno reconoce en este capítulo escrito en 1980, que prefigura la renovación, reforma y conversión de la Iglesia que llamará más de 30 años después un Papa latinoamericano.

 

El autor expone en primer lugar la originalidad de la experiencia religiosa del pueblo judío, el cual conoce el poder de Dios no por la razón sino por la experiencia del encuentro con un Dios que se introduce a su historia, los libera y los sana, se compadece de ellos, es fiel y los elige como su pueblo. El Padre Ochagavía nos subraya en la experiencia religiosa del pueblo judío la “intima conexión entre poder y amor”.

 

Es el mismo mensaje que tanto ha insistido el Papa Francisco, que la experiencia fundamental del hombre con Dios es la de un encuentro del amor que nos busca y nos encuentra; de un poder que se basa en un amor, el amor de Dios, del cual nadie nos puede separar.

 

Hace unos días, el Papa señalaba justamente esto: “Dios no puede NO amar. Esta es nuestra seguridad. Yo puedo rechazar este amor, puedo rechazarlo como el buen ladrón hizo hasta el fin de sus días. Pero en ese momento también lo esperaba el amor. El más malo, blasfemo es amado por Dios con una ternura de Padre, de papá. Es como dice Pablo, como dice el Evangelio, como dice Jesús: ‘Como una gallina con sus polluelos’. Y Dios el poderoso, el creador, el que puede hacerlo todo: ¡Dios llora! Y en ese llanto, en esas lágrimas, está todo el amor de Dios… Espera, no condena, llora ¿Por qué? Porque ama”[12]. Esa es la experiencia del pueblo judío con el poder de Dios, que describe el autor al inicio de éste capítulo.

 

Posteriormente, el P. Ochagavía nos introduce al poder de Cristo aclarándonos que es incorrecto llamar a Jesús con el nombre de “todopoderoso”, pues ese atributo es exclusivo de Dios Padre. A partir de ésta afirmación, nos señala que el poder de Cristo no es un poder en sí y por sí mismo, sino que es un poder que viene del Padre, “que es el Todopoderoso en sí mismo y por sí mismo”. Esto es muy importante, porque de este modo, la exaltación de Cristo como el Señor (Kyrios) es “gracias a su obediencia hasta la muerte y una muerte de Cruz”. Es decir, su poder viene de obedecer a su Padre. El poder de Cristo por tanto es “el poder en la debilidad”, “el no-tener-ningún-poder”. Su poder le viene del poder de Dios, su Padre, que lo resucita. Cristo es el poder de Dios.

 

De ésto, se desprende una lección sobre la concepción cristiana del poder, el cual parte desde la renuncia y desde el servicio por el amor a Dios y a sus hermanos. Es lo que Romano Guardini llama el poder de la impotencia.

 

“Una peculiar forma de ‘impotencia poderosa’ surge ante valores elevados de la persona y de la obra. El hombre al que el desprendimiento de sí, la distinción, la nobleza de su actitud interior le impiden ejercer poder primario actúa precisamente a través de ello obligando al receptivo. Surge un compromiso, y con él un poder secundario que puede conducir a los más elevados logros… A este ámbito pertenece también el peculiar efecto que puede surtir la no violencia en la lucha política. Mahatma Gandhi desarmó al poder colonial inglés uniendo la completa renuncia al ejercicio de poder con la exigencia de la libertad de su pueblo y haciendo creíble todo ello al no ir en pos de su propia ventaja ni ser en modo alguno astuto, sino desprendido y veraz, y al creer en la justicia de su causa. De ese modo llevó al adversario a una peculiar situación en la que se vio forzado a elegir entre obrar de forma brutal o dignamente”[13]

 

Es lo que el político de la república checa Vaclav Havel llamaba el ‘poder de los sin poder’, cuando ponía el ejemplo del escritor Aleksandr Solzhenitsyn[14] quien no simbolizaba para los representantes del régimen dictatorial en que vivía una amenaza; sin embargo fue expulsado de la Unión Soviética porque su poder radicaba en la concientización de la sociedad. O en la transición democrática llamada ‘Primavera de Praga’ en que Havel nos recuerda,

 

“que al comienzo de este drama hubo individuos que incluso en los momentos más duros lograron vivir en la verdad. Estos hombres no disponían del poder real ni aspiraban a él: el ámbito de su ‘vida en la verdad’ no era la reflexión política; podían ser poetas, artistas, músicos; no era necesario que fueran genios, sino simples ciudadanos que lograban mantener su dignidad humana”, y sin embargo “es difícil hoy llegar a descubrir cuánto… aquellos gestos de verdad incidieron en algunos ambientes y cómo poco a poco el virus de la verdad atacó el tejido de la ‘vida en la mentira’ y lo devoró”. La reforma política fue la consecuencia del despertar de la sociedad provocada por “el poder de los sin poder”, como lo fue Solzhenitsyn en Rusia.[15]

 

Este poder, ‘el poder en la debilidad’ de Cristo, lo podemos descubrir también a lo largo de la historia de la Iglesia en los mártires que no se defienden frente a una persecución y que permanecen leales a su fe, colocando al que lo persigue en la disyuntiva de ser verdugo o ceder ante el poder del mártir. “Al defender valores que son evidentes en sí mismos, y al combinarlos con elevadas cualidades morales de su defensor, la impotencia se convierte en un poder en el otro”[16]

 

Baste para ejemplificar esto, tan solo recordar el ejemplo tan cercano para nuestra región de El Salvador con su arzobispo Monseñor Oscar Romero, cuyo ‘poder’ temían sus persecutores y que fue precisamente el motivo que los llevo a asesinarlo[17].

 

Más adelante, el Padre Ochagavía describe el poder de Jesús señalando los poderes a los que renuncia, los poderes que ejerce y los poderes que entra en conflicto. Esta parte, me parece que puede ser una orientación para la conducta de quienes participamos en la vida política.

 

Jesús “renuncio al poder económico, político, al de las armas, al prestigio e influencia social, a las acciones espectaculares y al mesianismo fácil”. Su poder lo realizó desde una aldea pobre con seguidores carentes de todo poder, asociado a los enfermos, a los pecadores, a los despreciados y a los excluidos. Su fuerza estaba en su testimonio, en su vida y en su palabra, y no en la fuerza.

 

Esto es muy importante porque como lo señalaba el político mexicano Carlos Castillo Peraza: “Una autoridad vale tanto, cuánto vale el argumento que la funda… sino el poder puede caer en tres defectos: ser sofista, ser dogmático o ser burgués… Poder sofista es el que dice que la verdad la define la fuerza…Otro defecto posible del poder es el dogmatismo… Si la verdad la define la fuerza y no hay otra verdad que la que diga el poder, es verdad supuestamente para siempre… El último defecto posible es volverse burgués… Es el espíritu posesivo; es confundir aquellas cosas de las que soy dueño con el bien, la verdad y la belleza, la justicia, todo… Confundir la posesión material con todos los valores que puede haber”[18]

 

Para el Padre Ochagavía, el poder que ejerció Jesús fue un poder espiritual fundado en el amor, de quien va y busca a los pecadores, se mezcla gustoso con ellos, va tras la oveja pérdida, es el poder de la misericordia que tiene como lugares predilectos de encuentro la culpa, el sufrimiento, la persecución y la muerte. Su encarnación y su cruz son la manifestación de su poder que se presenta bajo la forma de su pobreza y humildad eternas. Virtudes muchas veces ausente en quienes detentan algún cargo o responsabilidad pública.

 

“Esta palabra –humildad- se ha convertido en sinónimo de debilidad y de pobreza vital… En el sentido cristiano, la humildad es una virtud de fuerza, no de debilidad. En su sentido originario, humilde es el fuerte, el magnánimo, el audaz… Dios mismo es el primero que adopta la actitud de la humildad, haciéndola así posible al hombre…Toda la existencia de Jesús es una transposición del poder a la humildad… La aceptación de la forma de siervo no significa, debilidad sino fuerza… Jesús contrapone la humildad como liberación del embrujo del poder desde sus raíces más hondas”[19]

 

Y es que como lo señalara hace unos días el Papa Francisco en un discurso en Florencia que ha sido calificado por analistas como una ‘mini-encíclica sobre humanismo cristiano’[20], “la obsesión de preservar la propia gloria, la propia dignidad, la propia influencia no debe formar parte de nuestros sentimientos”.[21]

 

“Es la tentación de creerse indispensables, cualquiera que sea el cargo… de querer ser los que mandan, los que están en el centro, y así, paso a paso, se cae en el autoritarismo… Es la tentación… de quienes se consideran insustituibles… te hace pasar de servidor a propietario, te adueñas de esa comunidad, de ese grupo.”[22]

 

Finalmente el Padre Ochagavía, nos recuerda que Cristo otorga este mismo poder a sus apóstoles para gobernar, un poder que es “para edificar y no para destruir”, un “poder contra los poderosos de este mundo”. Es la concepción del poder como servicio, porque el verdadero poder es el servicio, el servir por amor.

 

El Papa Francisco, lo recordó el año pasado en la clausura del Sínodo sobre la familia, cuando afirmo que la autoridad en la Iglesia se concibe como servicio, porque “es la suprema norma de conducta, un amor incondicional, como aquel del buen Pastor, lleno de alegría, abierto a todos, atento a los cercanos y premuroso con los lejanos, delicado con los más débiles, los pequeños, los simples, los pecadores, para manifestar la infinita misericordia de Dios con las confortantes de la esperanza”[23]

 

Es un servicio que tiene como destinatario preferencial al que está excluido, porque como lo señala Aparecida, es en los pobres, uno de los lugares de encuentro con Cristo. Por eso, es que para los cristianos que trabajamos en el ámbito público tenemos la necesidad de dedicar tiempo a los pobres, a los excluidos evitando la tentación de reducirlo solo desde un plano teórico o emotivo, sin que impacte de verdad en nuestros comportamientos y decisiones:

 

Como lo señala, el teólogo Gustavo Gutiérrez, “Los cristianos como discípulos y misioneros estamos llamados a contemplar, en los rostros sufrientes de nuestros hermanos, el rostro de Cristo que nos llama a servirlo en ellos… los rostros sufrientes de los pobres son rostros sufrientes de Cristo… Porque en Cristo el grande se hizo pequeño, el fuerte se hizo frágil, el rico se hizo pobre… (El evangelio) nos indica una pista para comprender el Dios presente en la historia humana… En el rostro de Jesucristo, muerto y resucitado, maltratado por nuestros pecados y glorificado por el Padre, en ese rostro doliente y glorioso, podemos ver, con la mirada de la fe, el rostro humillado de tantos hombres y mujeres de nuestros pueblos y al mismo tiempo su vocación a la libertad de los hijos de Dios, a la plena realización de su dignidad personal y a la fraternidad entre todos”[24]

 

En lo personal, me gusta mucho la figura que usaba el entonces cardenal arzobispo de Buenos Aires Jorge Bergoglio para describir ese poder como servicio que estamos llamados a imitar de Dios. El cardenal Bergoglio hablaba de “poner el hombro a la patria”:

 

“Cuando vemos a alguno que está más pobre, menos abrigado, más necesitado, recordamos que para nuestro Padre esa persona es la más importante, la que más ha buscado, la que recibe la mejor caricia. Y así como el buen Pastor carga a la ovejita perdida sobre sus hombros, también nosotros queremos poner el hombro y hacer sentir a Dios que su pueblo está con Él… Poner el hombro es un gesto de nuestro Padre Dios, y tenemos que imitarlo… Cuando le ponemos el hombro a las necesidades de nuestros hermanos, entonces experimentamos, con asombro y agradecimiento, que Otro nos lleva en hombros a nosotros”

 

  • La esperanza teologal.

 

Finalmente, permítanme hacer un comentario sobre el capítulo décimo tercero, ‘la esperanza teologal’, que me ha hecho recordar el testimonio de grandes humanistas cristianos como Bernardo Leighton o Eduardo Frei, quienes a pesar de vivir tiempos muy complicados, nunca perdieron la sonrisa franca y la certeza de que en nuestro país las cosas tarde o temprano mejorarían, porque vivían “firmes e inconmovibles en la esperanza del Evangelio”.

 

Esto le permite a uno explicar por ejemplo, porque Bernardo Leighton y su esposa Anita Fresno, después de ser baleados en Italia comprometiendo gravemente su salud por el resto de sus vidas, sean capaces de perdonar a sus agresores y ofrecer incluso su recuperación por el perdón de quienes intentaron matarlos.

 

En 1985, cuando todavía gobierna la dictadura en nuestro país y son entrevistados ambos, relatan que en el momento en que reciben los disparos, caen al piso y permanecen por un momento inmóviles y ensangrentados y se empieza a juntar mucha gente gritando contra los agresores, Anita Fresno cuenta:

 

“Yo rogaba que se quedarán callados, que no siguieran con esas imprecaciones atroces (contra los agresores)… tres veces repetí que perdonaba al que lo había hecho… que no era el momento de juzgar sino de rezar…”[25]

 

En esa misma entrevista, Bernardo Leighton señala que el seguía soñando con que volvería la democracia a Chile, “conversando entre oposición y gobierno”.[26]

 

Uno solo puede explicar este tipo de conductas ejemplares de la familia Leighton quienes no renuncian a abrirse al futuro, a partir de una esperanza que está más allá de las posibilidades puramente humanas, “que brota de la fe y que se transforma en confianza que se apresura a salir al encuentro de lo esperado”. Esta es la esperanza bíblica que el Padre Ochagavía describe en su texto.

 

Porque como lo señala, pareciera que no hablamos lo suficiente acerca de la esperanza cristiana, que va mucho más allá de un simple optimismo. Es la esperanza que como se afirma en el libro nos salva de “la evasión y la alienación de nuestra historia concreta. Ella es todo lo contrario de un conservadurismo que, petrificando la historia, prefiere la seguridad del pasado o la comodidad del presente a los riesgos de abrirse al futuro para transformar el mundo”.

 

El Padre Ochagavía en su artículo señala que un marxista criticaba que pareciera que los cristianos que no le daban la misma importancia a la esperanza, que la fe y la caridad. Y este artículo, es un llamado a redescubrir la belleza y la fuerza de la esperanza.

 

Como lo afirmaba el poeta Charles Peguy, el mismo que fue acompañado en su proceso de conversión a la fe cristiana por otro converso, Jacques Maritain, tiene un hermoso texto sobre la esperanza, con el cual deseo terminar:

 

“La fe que amo más, dice Dios, es la esperanza.

La fe no me sorprende.

No me resultado sorprendente.

Resplandezco tanto en mi creación.

La caridad, dice Dios, no me sorprende.

No me resulta sorprendente.

Esas pobres criaturas son tan desdichadas que a menos de tener un corazón de piedra, cómo no iban a tener caridad unas con otras.

Cómo no iban a tener caridad con sus hermanos.

Pero la esperanza, dice Dios, sí que me sorprende.

A mí mismo.

Sí que es sorprendente.

Que esos pobres niños vean cómo pasa todo eso y crean que mañana irá mejor.

Que vean cómo pasa eso hoy y crean que irá mejor mañana en la mañana.

Sí que es sorprendente y seguro la más grande maravilla de nuestra gracia.

Qué grande tiene que ser mi gracia y la fuerza de mi gracia para que esa pequeña esperanza, vacilante al soplo del pecado, temblorosa a todos los vientos, ansiosa al menor soplo,

sea tan invariable, se mantenga tan fiel, tan recta, tan pura; e invencible, e inmortal.

La Esperanza ve lo que todavía no es y que será.

Ama lo que no es todavía y que será.

La pequeña esperanza.

 

 

Avanza.

Y en medio entre sus dos hermanas mayores aparenta dejarse arrastrar.

Y en realidad es ella la que hace andar a las otras dos.

Y las arrastra.

Y hace andar a todo el mundo.

Y las dos grandes –la fe y la caridad- no andan sino por la pequeña esperanza”[27]

 

[1] El Syllabus fue un documento de ochenta puntos, publicado por la Santa Sede en 1864, durante el papado de Pío IX, el cual condena todos los conceptos de la modernidad como la libertad de pensamiento o la separación entre la Iglesia y el estado.

[2] La constitución pastoral Gaudium et Spes

[3] Constitución pastoral Gaudium et Spes, n. 4.

[4] J. MARITAIN, Humanismo integral, Palabra, Madrid, 1999, p.147.

[5] V Conferencia general del episcopado latinoamericano y del caribe, Aparecida, 13-31 de mayo de 2007, n.366

[6] PAPA FRANCISCO, Evangelii Gaudium, n. 96.

[7] Ibidem, n. 85.

[8] J. MARITAIN, Humanismo integral, Palabra, Madrid, 1999, pp. 220-221.

[9] V Conferencia general del episcopado latinoamericano y del caribe, Aparecida, 13-31 de mayo de 2007, n.12.

[10] PAPA FRANCISCO, Evangelii Gaudium, n. 88.

[11] PAPA FRANCISCO, Laudato Si, n. 68.

[12] Homilía del Papa Francisco, 29 de octubre de 2015, ciudad del Vaticano.

[13] R. GUARDINI, Escritos políticos, Palabra, Madrid, 2011, p.135.

[14] Aleksandr Solzhenitsyn fue un escritor e historiador ruso. Crítico del totalitarismo soviético, prisionero en los campos de trabajos forzados de la Unión Soviética. Gran parte de sus trabajos fueron censurados, pero su obra alcanzó un volumen notable. Galardonado con el Premio Nobel de Literatura “por su fuerza ética”.

[15] V. HAVEL, El poder de los sin poder, Encuentro, Madrid, 2013, p. 50.

[16] R. GUARDINI, Escritos políticos, p.136.

[17] “Me alegro, hermanos, de que nuestra Iglesia sea perseguida precisamente por su opción preferencial por los pobres… Sería triste que en una patria  donde se está asesinando tan horrorosamente no contáramos entre las víctimas también a los sacerdotes. Son el testimonio de una Iglesia encarnada en los problemas del pueblo… Una Iglesia que no sufre persecución, sino que está disfrutando los privilegios y el apoyo de la tierra, esa Iglesia, no es la verdadera Iglesia de Jesucristo” Homilía del 8 de mayo de 1977.

[18] C. CASTILLO PERAZA, Los diputados y el partido, revista Palabra, n. 28, México, pp. 22-24.

[19]   R. GUARDINI, El poder, Cristiandad, Madrid, 1982, pp.37-42

[20] El P. Antonio Spadaro s.j., director de la revista La Civiltà Cattolica, llamo a éste discurso ‘la mini-encíclica del Papa Francisco del humanismo cristiano’ por su trascendencia e impacto en el catolicismo italiano.

[21] Discurso del Papa Francisco en Florencia del 10 de noviembre de 2015 en el V congreso de la Iglesia italiana.

[22] Homilia del Papa Francisco del 3 de Julio de 2015 en Ciudad del Vaticano.

[23] Discurso del Papa Francisco en la clausura de la III Asamblea General extraordinaria del Sínodo de los obispos, 18 de octubre de 2014, Ciudad del Vaticano.

[24] G. GUTIERREZ, La opción preferencial por el pobre en Aparecida, Páginas, Centro de estudios y publicaciones, Agosto de 2007, pp. 6-25.

[25] Entrevista en Revista Cosas, 14 de noviembre de 1985, en http://www.archivochile.com/Experiencias/test_relat/EXPtestrelat0034.pdf

[26][26] Ibidem.

[27] C. PEGUY, El pórtico del misterio de la segunda virtud, Encuentro, Madrid, 1991, pp. 15-19.