Soledad Alvear participa en Simposio Internacional organizado por la Universidad Católica

Soledad Alvear participó este miércoles 10 de agosto en el Simposio Internacional de Edith Stein organizado por la Universidad Católica de Chile, que trató sobre el Estado. Entre los participantes a este encuentro además de Alvear estuvieron, Joaquín Silva, Decano Facultad de Teología; María Elena Pimstein, Secretaria General, PUC; y Mariano Crespo, de Navarra, España, entre otros académicos.

 

A continuación podrá leer la ponencia completa de Soledad Alvear en dicho simposio

 

EL PROCESO ACTUAL DE LA ASAMBLEA CONSTITUYENTE Y LA RELEVANCIA DE “UNA INVESTIGACIÓN SOBRE EL ESTADO” DE EDITH STEIN.

 

Soledad Alvear

10.8.16

 

 

  • INTRODUCCIÓN.

 

 

Los enemigos de la dignidad humana avanzan cada vez que nos descuidamos. Hoy, como siempre, ésta enfrenta algunos que no deben menospreciarse, superando antiguas dificultades y enfrentando otras nuevas. Por ejemplo, no se ve hoy probable que las grandes potencias escalen en una guerra nuclear, posibilidad que, en cambio, fue una permanente amenaza durante la guerra fría. Confiamos, en cambio, que ellas protegerán sus arsenales de la amenaza inmensa y real del terrorismo, sin duda, uno de los enemigos declarados de la dignidad humana en nuestros días. Pero, paradójicamente, la protección ante el terrorismo puede llevar aparejada otras amenazas a la dignidad, por ejemplo, el desarrollo de tecnologías –y legislaciones- que permiten a los Estados la vigilancia de cada uno de nuestros pasos, facilitada por nuestro apego deshumanizante a las redes sociales, a la exposición voluntaria de los más insólitos detalles de nuestra intimidad y cotidianidad.

 

Fueron otras las amenazas y los atentados que se vivieron en el tiempo de la autora que nos convoca. Pero, en efecto, uno de los tópicos persistentes de Edith es la libertad y la dignidad del ser humano. En ese sentido, Una Investigación sobre el Estado, aunque compleja y densa, no es una obra aislada de la posterior labor filosófica de Edith. Quizás alguna relevancia tiene que haya sido escrita a finales de 1920, luego de que Stein leyera la autobiografía de Teresa de Avila. Para MacIntyre, según Casiva, (…) la riqueza de la obra filosófica de Edith Stein sólo puede ser valorada en la trama de su propia narrativa, filosofa judía, conversa, martirizada en Auschwitz (…). Y es que existe una unidad inseparable entra la manera que piensa y la manera que vive un filósofo, especialmente una como Stein.

 

Esto, en palabras de la misma Edith, está dicho de la siguiente manera:

“Hemos subrayado primeramente que el respeto e igualmente el establecimiento del derecho positivo es asunto del poder legislativo. Además hemos descubierto que para ser válido, el derecho no debe ser únicamente fijado, sino que también debe ser aceptado por aquellos para quienes fue establecido. El derecho está vinculado por ambos lados; y, por su parte, impone una doble vinculación. Aquel que establece el derecho, se obliga con ello a respetar la regla de derecho establecida por él. (…). Aquel a quien afecta un derecho y que lo reconoce, le crece la exigencia de que se le trate conforme a ese derecho”.

 

Discutir sobre el Estado, y en lo particular, sobre la Constitución Política, es algo importante, entre otras cosas porque -al menos desde comienzos de la modernidad, el Estado juega el rol más relevante a la hora de perseguir el ideal de respeto y promoción de la dignidad.  Por ello, la posibilidad de redefinir nuestras normas básicas puede ser una ocasión no sólo para fortalecer nuestra institucionalidad, nuestra democracia, para repensar las conquistas de derechos y el reconocimiento de los deberes que son fundamentales para el sostenimiento de la comunidad política, sino también para volver a conversar acerca de qué forma de organización estatal es la más acorde con la dignidad de las personas.

 

  1. EL PROCESO ACTUAL DE LA ASAMBLEA CONSTITUYENTE.

2.1. El  Proceso Chileno

Una Constitución necesita prestigio y aprecio popular, y, al parecer, la nuestra, no los tiene.

Y eso es grave.

 

La reacción frente a esta realidad es diversa. Algunos sectores políticos, por un lado, insisten en defender la Constitución actual, básicamente, considerando el argumento de que durante su vigencia Chile ha vivido sus tiempos de mayor progreso y estabilidad. Sin entrar en el análisis de si efectivamente ese progreso se debe a la Constitución, no puede negarse que los últimos decenios han sido de sinigual avance para el país.

 

Pero esa respuesta no basta, porque si lo hiciera ¿de dónde viene con tanta fuerza esta demanda por modificar nuestro orden constitucional?

 

Ante esta pregunta, el destacado constitucionalista Jorge Correa Sutil, en una interpretación que comparto, ha señalado que habría dos razones en las cuales radicaría la fuerza de los partidarios de un cambio radical del orden constitucional. La primera es la vigencia y uso de la Constitución actual en dictadura, entre los años 1980 y 1989. En ese sentido, se pregunta Correa “¿Cuánto de la mala prensa de la Constitución de 1980 se deberá a que tantas veces se la invocó para excluir, relegar exiliar, descalificar y encarcelar a quienes éramos disidentes? En segundo lugar, Correa cree que la Constitución del 80 “(…) tiene poco aprecio porque en ella pervive una arquitectura que, temerosa de la soberanía popular, incurre en un cierto desprecio de la igualdad política y es improbable que la ciudadanía aprecie unas reglas que la desprecian”. La CPR 1980 mantiene la tradición del temor a la democracia, que pobló la esencia de la Constitución y que aún pervive en algunas de sus cláusulas (…).

 

2.1. 1. ¿Proceso de la Asamblea Constituyente?

No sé si podemos hablar –como es parte del título de la ponencia que se me ha encargado- de que estamos viviendo un proceso actual de “asamblea constituyente”, pues no sabemos aún si

 

modificaremos nuestra Constitución mediante ese mecanismo o si se hará de un modo diferente. Podemos decir, quizás, que estamos en un proceso constituyente.

2.1.2. El Proceso Constituyente actual.

Ahora bien ¿En qué contexto se da este “proceso constituyente”, esta etapa de cabildos auto convocados, de encuentros regionales y provinciales, de actividad académica referida al tema, de la opinión pública, de los actores sociales y políticos avocados a discutir sobre este asunto, del rol del “Consejo de Observadores”, etc.?

 

Vivimos un momento en el cual las instituciones chilenas atraviesan una crisis importante, donde se evidencian trastornos en la confianza y en la credibilidad de nuestra democracia. No quiero aquí abundar en algo de lo que se ha hablado bastante, pero que es efectivo: nuestra democracia, nuestras instituciones y nuestra política afrontan un momento de prueba y deben realizar importantes perfeccionamientos.

 

A pesar de este contexto algo agitado, es importante que este proceso sea llevado con serenidad. La Constitución no es el lugar para expresar todos nuestros sueños y anhelos desde un punto de vista maximalista. No es el lugar, por ejemplo, para declarar que nuestro sistema de pensiones será de reparto, ni tampoco para declarar que será inamoviblemente de capitalización individual, sino que, más bien, es el espacio en el cual acordar las reglas mínimas de convivencia, la configuración de nuestras instituciones más importantes, nuestras garantías, derechos y deberes fundamentales.  .

Para que este proceso sea exitoso, debe primar un espíritu de ecuanimidad, de buscar con franqueza que todos los sectores políticos de la sociedad se vean representados, de no excluir a nadie. Desde esta base acordada y común deberá realizarse luego el juego político, de manera que cuando se defina, por ejemplo, el sistema de pensiones, éste cuente con la legitimad de haber sido resuelto luego de un procedimiento y a través de instituciones validados por todos. Que cuando tenga que primar, prime la ley de la mayoría, pero jugando esta vez, en una cancha pareja.

 

Por eso, creo que debe entrarse a este debate con calma. Con una actitud de Estado, de transversalidad, de buscar puntos en común, de entender cuáles son las cosas que una Constitución debe tener, y que cosas le sobran; cual es, dicho en el lenguaje de Stein, la estructura esencial del Estado que queremos construir.

Sólo en esa disposición, la obra de Stein “Una Investigación sobre el Estado”, ya casi centenaria, puede ser recepcionada, con alguna utilidad, en este momento. Ojalá así sea. Tiene algunos puntos relevantes que ofrecer.

 

 

  • LA RELEVANCIA DE UNA INVESTIGACIÓN SOBRE EL ESTADO DE EDITH STEIN

 

 

3.1. Consideraciones previas.

 

Una Investigación sobre el Estado” puede entregar insumos importantes para enfrentar esta etapa.

“A las cosas” era el dicho de los fenomenólogos cuando resumían su método filosófico. Sin vueltas, sin rodeos, sin ambigüedades. Así es el trabajo de Stein. Es un texto denso. Cada frase es un verdadero versículo, cada una contiene una nueva idea. Abunda en contenidos, en conceptos. Nada está dicho al azar o como mero adorno. Entrega un sinnúmero de nociones relevantes en el contexto del que hemos hablado. No todas pueden ser expuestas en este espacio. Por eso, en esta ocasión, he querido elegir algunas ideas principales que me parecen relevantes para el proceso constituyente que vivimos, las cuales son, básicamente, las siguientes:

 

  1. Rescatar el método del texto como una actitud: “A las cosas”.
  2. Las personas son centrales en la configuración del Estado.
  3. El importante rol de las comunidades en relación con el Estado.
  4. Cuarto punto y a modo de conclusión: el Estado, sin el reconocimiento de sus ciudadanos no es realmente un Estado.

3.2. Ideas que pueden ser un aporte para el proceso.

 

  1. I) Rescatar el método del texto como una actitud: “A las cosas”.

 

En efecto, Una Investigación sobre el Estado está escrita de una manera desprejuiciada. No se nota animosidad en su contenido. Es un esfuerzo racional de envergadura por intentar alcanzar eso que sería el “ser” del Estado, la esencia del Estado.

 

Para entrar a la pregunta ¿qué queremos cambiar de nuestra constitución? es bueno tener algo de esa actitud fenomenológica. Para ello debemos ser capaces de discutir serenamente algunas de las siguientes preguntas previas: ¿Qué es una Constitución? ¿Para qué sirve? ¿Qué no puede faltarle? ¿Qué podría sobrarle? ¿Cuál es el “ser” de una Constitución, su esencia?

 

Quizás de esta manera podríamos lograr encauzar algo más el debate, junto con restringir o adecuar algunas expectativas, no sólo desmesuradas, sino también erróneas. La Constitución no es el lugar para poner todos nuestros sueños y aspiraciones, por lo demás, disimiles e incluso contradictorios entre ellas en una sociedad moderna y pluralista como la nuestra. La Constitución es el lugar para consagrar nuestras instituciones políticas básicas, nuestro catálogo mínimo compartido de deberes y derechos, una nueva oportunidad para reorganizar la estructura del Estado. Esto que puede parecer poco, hoy no lo tenemos. Al catálogo actual le falta el “común”. Y el “común” es en este caso, tan o más importante que el catalogo mismo. Aboquémonos a ese común, que es ya un desafío ambicioso y que por cierto, vale la pena construir.

 

  1. II) Las personas son centrales en la configuración del Estado.

 

La segunda idea que quiero destacar de Una Investigación sobre el Estado es la siguiente: las personas son centrales en la configuración y funcionamiento del Estado. Edith Stein es, como

 

ustedes saben, una personalista. Si bien irá transitando más concretamente a esta postura al incorporar el tomismo a su filosofía, en su camino hacia la fe católica, y si bien también el texto que nos convoca es más uno de ciencia política que de filosofía, podemos vislumbrar en él señales claras de personalismo.

 

En ese sentido,  como ha señalado Juan Manuel Burgos, el elemento clave que define a toda filosofía personalista es “(…) que el concepto de persona constituye el elemento central de la antropología, lo cual significa no solo que se utiliza o menciona ,sino que toda la estructura de la antropología depende intrínsecamente del concepto de persona.. En efecto, para Stein, a diferencia de otros pensadores y juristas de su época, muy relevantes por cierto, como Kelsen o Schmitt, es la persona, y las comunidades en las que ésta participa, la que legitima al Estado, al poder político.

 

Este personalismo de Stein se expresa también, en su concepción de la soberanía. Por un lado,  Stein dice que la Soberanía es una condición sine qua non para constatar la existencia de un Estado: no hay Estado sin soberanía. Pero, la libertad de las personas no sólo es un límite de la soberanía del Estado, sino una condición para su existencia.

 

La reflexión que podemos hacer a propósito de esto, y que pueden ser útil en el actual proceso constituyente, se puede dividir en dos puntos complementarios: en primer lugar, que el Estado existe en razón de las personas. Parece algo archiconocido y compartido, pero no creo que en realidad sea tan así y por eso lo recalco de la obra de Stein.

 

Esto no significa solamente que el Estado no debe atentar y que debe proteger los derechos fundamentales; significa también que el Estado debe dar un trato digno a sus ciudadanos, debe

 

propender a entregar servicios eficientes y de buena calidad, debe actuar de manera oportuna. Por tanto, esto marca un eje, una guía de acción al momento de discutir acerca de la configuración del Estado en nuestra Constitución Política. En segundo lugar, y como elemento correlativo necesario de esto, el hecho de que el funcionamiento correcto del Estado requiere del cumplimiento de ciertos deberes por parte de sus ciudadanos. Y que la exigencia del cumplimiento de esos deberes es también una manera de respetar la dignidad de las personas.

 

III) El Rol de las Comunidades y su relación con el Estado.

 

Podría decirse que Edith Stein no sólo es una personalista, sino que es también una personalista comunitaria. Para Stein, luego de la persona, y como una derivación lógica de su naturaleza social, vienen las comunidades de las cuales ésta participa.

 

El Estado debe estar al servicio de las comunidades. Es la comunidad dice Stein, la que es ya portadora de valor. Más aún, piensa Stein, no es esencial para la comunidad –para la Comunidad del Pueblo, una forma específica de comunidad- adquirir forma de Estado. La organización estatal, dice Stein, no es necesaria sino en la medida en que los individuos manifiesten tendencias que pongan en peligro la vida de la comunidad.

 

Stein, tiene claro que los pueblos en un cierto nivel de desarrollo tienden a la organización estatal. Ella lo dice de la siguiente manera: “La Comunidad del pueblo, en cuanto personalidad creadora de cultura, tiende a una organización estatal; no sólo porque tiene necesidad –como toda comunidad- de verse protegida contra ciertas tendencias que ponen en peligro a la comunidad, sino además

 

porque su particularidad de comunidad actuante y creadora hace necesario un orden estable para esa acción y esa creación”.

 

Sin duda, esto es un aporte fundamental. Es la comunidad del pueblo la que debe ser protegida. El Estado está al servicio de esa comunidad para que pueda desarrollar sus fines espirituales. El Estado no hace valioso a un pueblo. En cambio, es el pueblo quien puede dar perfección a ese valor creador de cultura. El Estado sólo coopera a ese objetivo.

 

En palabras de Stein: “A la comunidad en cuanto tal y, más allá de ella, a la comunidad del pueblo en cuanto personalidad creadora de cultura, les corresponde un valor propio. El Estado, que pone su orden jurídico al servicio de la comunidad, no crea ese valor, sino que contribuye únicamente a realizarlo, y en la medida que lo hace, no le corresponde un valor propio, sino un valor simplemente derivado”.

 

 

  • Conclusión

 

 

  1. A modo de conclusión: El Estado sin el reconocimiento de sus ciudadanos no es realmente un Estado.

 

Finalmente, para Stein, como hemos visto, un elemento clave para la existencia de un Estado soberano, es que éste sea reconocido por sus ciudadanos.  La existencia del Estado – de un Estado en “forma” en lenguaje de Portales- no puede verificarse, para que sus órdenes tengan real fuerza de ley, sin aquellos a quienes esta pretensión se dirige. En efecto es “por medio de este

 

reconocimiento –dice Stein- que se satisface la exigencia de que estos actos son realizados por la totalidad de la comunidad y sean reconocidos por ella como vinculantes. Las disposiciones existen para ser cumplidas. A aquel que da la orden, le corresponde velar porque la orden pueda ser recibida”.

 

He tratado de hacer un somero análisis de algunos aportes relevantes que “Una Investigación sobre el Estado” puede hacer al actual “momento” constituyente que vive Chile. Ese aporte se puede resumir en dos líneas: una cierta actitud para enfrentar el debate constitucional y la conciencia compartida de la centralidad de las personas y sus comunidades en la configuración del Estado.

 

Esta centralidad de las personas, en un estado social y democrático de derecho como el que queremos construir, se demuestra, entre otras cosas, fácticamente: para que una Constitución juegue el rol de proteger efectivamente los derechos fundamentales, se requiere su reconocimiento efectivo de sus ciudadanos. Sólo será soberano, sólo será realmente un Estado, aquél que cuenta con la aceptación de sus ciudadanos libres.

 

He ahí quizás la principal enseñanza de Stein: la soberanía del Estado depende, finalmente, de la consideración real de la dignidad humana de las personas que lo constituyen, y de que ésta comunidad de personas libres lo legitimen.

 

Actualmente, el desprestigio que vive nuestro Código Político menoscaba la soberanía de nuestro Estado y no hace justicia al trato que como ciudadanos libres y dignos nos merecemos. Por ello, creo que es necesaria su reforma.

Espero que algunas de estas enseñanzas de Edith Stein sean tenidas en cuenta. Al menos yo, en lo que pueda, trataré de vindicarlas cuando corresponda.